Trastos

Bicheando mis discos antiguos encontré un "trasto" que escribí en mis días de obsesión por el Divine wings of tragedy de Symphony X y de mucho, mucho insomnio xDD.

En el paraíso de los ángeles las lágrimas se derraman a causa del frío deseo, he aquí mi llanto, en nombre de todo lo que amo, eterno es mi castigo, caer en la tentación.
Miro ahora al pasado y me doy cuenta de los errores que cometí, pero aún así no me arrepiento de mis actos.
Mirando al cielo veo lo que he dejado atrás, más allá de la luna y las estrellas, pero todo lo que sé es que mi paraíso acaba de empezar
(Seguir leyendo ésta frikada)


En el principio Dios creó el Universo, la Tierra, los árboles, la Luz, todo lo que mora en éste insignificante reducto. Ésta tarea ocupó a Dios durante 6 días sin descanso. En el sexto día Dios creó a su obra más perfecta: El Ser humano.

O eso creía yo, hasta que supe la verdad.

Ésta es mi Morada. Bienvenido al Infierno. Aquí no verás almas en pena, ni fuegos incesantes abastecidos con las almas de los pecadores. Éste es mi Reino, y en el no gobierna “Dios”, sino YO. Aquí no rendimos pleitesía a cobardes embusteros que se vanaglorian de su propia presencia.

Hubo un tiempo en que me rendí a esa melodía, a un lugar lleno de majestuosidad, pero ¿Qué es una melodía sin la imaginación y el sentimiento de quien la oye? ¿Y qué es la majestuosidad, la grandeza sin un sentimiento sincero con el que disfrutarla?

Aún recuerdo los hechos que me llevaron a alzar el vuelo. Muchos dirán que di la espalda a mi creador, que fui un ingrato; pero si conocieran los auténticos hechos no me tacharían de inmoral. Tampoco me importa.
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Eran los años Dorados. El Edén se hallaba floreciente, y las criaturas del Señor convivíamos en armonía en él.
Mis pensamientos y sentimientos no habían florecido aún, me contentaba con lo que tenía, y lo único que me llevaba a preguntarme el motivo de alguno de los designios del Señor era la mera curiosidad natural que había en mí, curiosidad que, no se por qué mis hermanos no compartían.
Mis pensamientos nunca me habían llevado por derroteros siniestros, hasta que una noche, una de las tantas noches en las que mis veladas transcurrían en la Sagrada torre de Atzilut junto al Señor, mi curiosidad me llevó a formular una pregunta maldita, aquello que nadie se había atrevido a preguntar nunca.
-Decidme Señor, no quiero parecer descortés pero hay algo que siempre me he preguntado. A menudo decís que una obra tan grande como la creación no podrá ser repetida pero, si lo conseguisteis una vez ¿Por qué no seríais capaz de hacerlo de nuevo?
Dios me miró entonces con una expresión un tanto hostil, y pensé que habría de perder su favor, pero al instante me mostró su sonrisa y su expresión de afecto.
-Lucer, de todos tus hermanos no se si eres el único que se lo pregunta o el único que tiene valor para hablarme con franqueza. Has sido franco conmigo, así que yo también he de serlo.-Se tornó serio repentinamente.-La razón por la que nunca más podré repetirlo es porque mi poder es grande, pero no ilimitado. Para crear todo lo que aquí ves necesité complementar mi poder con el del propio Planeta. Cuando llegué aquí éste era un planeta de Fuego cubierto de criaturas hostiles, y el propio Planeta permanecía aletargado. Así habría seguido si yo no hubiera descubierto su potencial, un Poder tan inmenso que se unió con el mío para crear desde el insecto más insignificante hasta el organismo más complejo, como los ángeles y humanos.
-¿Poder? ¿Qué clase de Poder es tan grande como para rivalizar con Dios?
Me encontraba tan sorprendido, a penas podía creer lo qué decía. Ni por asomo imaginaba que ello me cambiaría la vida por completo.
Dios me volvió a sonreír.
-La naturaleza. El agua, el fuego, la tierra y el aire, que unidos crean al Quinto elemento: La energía, la esencia que todos los seres vivos llevan en su interior, el “alma” por llamarlo de alguna manera. Yo creo el recipiente y los doto de vida, pero “ella” los llena.
Mi asombro no dejaba de crecer, ¿¡Había dicho “ella”!?
-¿”Ella” Señor?-A cada momento mi asombro crecía, y mi rostro debió delatarme pues mi Señor comenzaba a hablarme como a un niño de corto entendimiento.
-La Gran Madre. La Madre naturaleza.

Esa noche no pude dormir. Salí a contemplar la noche, las estrellas, aún a sabiendas de que me tomarían por loco y de que estaba casi prohibido. El gélido viento acariciaba mis cabellos azabaches, pero no me importaba el frío, mis pensamientos eran más fuertes que lo que mi cuerpo pudiera sentir.
La Gran Madre. “Ella”. Dios había unido su poder al propio poder del Planeta para crear a los seres vivos. Y la llamaba ella. A cada paso que daba en mis conjeturas me encontraba más confuso. Desde que fui creado, se me enseñó que las mujeres eran inferiores, que estaban sometidas a la voluntad de su dueño.
Esto, bien considerado tenía su lógica, pues hasta ahora sólo había habido dos mujeres en el Edén: Lilith y Eva; y Lilith ya no existía pues no obedecía a su Amo. En su defecto el Señor creó a una nueva compañera para Adán: Eva, que sí parecía asumir cuál era su lugar.

Pero ahora mis esquemas, mis creencias, todo aquello que me habían enseñado se desmoronaba por completo. El ente responsable de que tuviéramos alma era femenino. El Ente responsable de mi poder era femenino.

¿Entonces por qué se hacía ésta campaña en contra de los seres llamados “mujeres”? Si el poder del propio Planeta que sustentaba nuestra vida era en cierto modo mujer, ¿Por qué Dios consentía, y de hecho insistía en que estos seres eran inferiores a los varones? ¿Acaso no había sido éste ente femenino quien le había prestado su ayuda, dispuesto a colaborar?

Mi cabeza no dejaba de dar vueltas, algo que no me había ocurrido nunca, y ahí, en medio de la fría y oscura noche, apareció ella.
Sus llamativos cabellos rojos la habrían delatado en cualquier parte, pero no fue por ello por lo que me fijé, sino porque me miraba. Nadie en el Paraíso se atrevía a mirarme directa ni abiertamente.

Alcé la vista y, con los ojos aún llenos de preguntas me encontré con su mirada azul, que para mi sorpresa, también se hallaba interrogante. Nos miramos durante unos minutos, y de repente, habló.
-¿Por qué siempre estás sólo?
Dios, nadie en toda mi existencia se había interesado por mí, por mi estado. El suelo comenzó a girar bajo mis pies, mi cerebro ahora aún más atormentado.
-Yo deseo estar sólo.
-¿De verdad?
De repente miró sobre su hombro y se marchó. Dejándome allí, con el mundo aún dando vueltas.

La inocencia en el fondo de sus ojos cristalinos no abandonaba mi visión. “¿De verdad?”. En mi mente resonaba  su pregunta. ¿De verdad deseaba estar sólo? No me gustaba la compañía de mis semejantes; sus mentes eran muy limitadas pero, por un momento pensé, si hubiera alguien que viera más allá de lo habitual, que se preguntase acerca de las cosas… ¿Me gustaría estar con ésa persona?
Sí. Sin duda alguna, me gustaría compartir el tiempo con una persona interesante, y charlar.

Alguien como yo.

Mi corazón comenzaba a latir con mayor celeridad. Definitivamente esa noche mi mundo cambió por completo. Mi vida se tambaleó y me dejó al borde del precipicio. Nunca en toda la historia de mi Ser me había ni siquiera planteado pasar mi tiempo con otra persona. Compartir mi vida.

Alguien como yo. ¿Existía esa persona? ¿Sería posible que existiera en un mundo tan obcecado en unas creencias obsoletas? Me asusté a mí mismo con éste pensamiento, pues estaba cargado de veneno, de ira, y era la primera vez que sentía algo así.
Intenté calmarme. Sea como fuere, ahora mis inquietudes me llevaban a buscar un compañero intelectual. Y la única persona que se había preguntado alguna vez el por qué de algo y no lo había aceptado simplemente había sido ella.

A partir de aquella noche comencé a observarla, y me di cuenta de cuán equivocado había estado al aceptar y defender la inferioridad de la mujer.
La veía sufrir todos los días.
Ella amaba a Adán. Era un sentimiento tan puro y sublime que me sobrecogió el corazón en cuanto lo comprendí. Yo nunca había amado a nadie y el comprender la profundidad y alcance de ése sentimiento me hizo sentir vacío de pronto.
Y aún así, era tal su inocencia que pensaba que el trato mezquino que él le proporcionaba era su forma de quererla.
Todos los días se esforzaba por complacerle, y todos los días el la despreciaba, la llamaba impura y la maltrataba, y si alguien veía como marcaba su pobre y menudo cuerpo se justificaba diciendo que era una blasfema.

Al cabo del tiempo mi “vigilancia” dejó de pasar inadvertida, Eva me miraba, me sonreía cuando paseaba por los prados, bajo los árboles, en busca de flores con las que decorar la casa que compartía con Adán.

Una mañana me senté a la sombra de un árbol, por una vez desde aquella aciaga velada mi mente estaba en blanco, y sin pensar, alcé el rostro para disfrutar de la dulce caricia de la brisa, del Sol sobre mi piel; casi sin darme cuenta esbocé una sonrisa y pensé en lo felices que pueden hacernos esas pequeñas cosas tan triviales como descansar bajo un árbol. Siempre había pensado que los ángeles no podíamos sentir nada en el corazón, pero una calidez innegable invadía mi pecho.
Me sobresalté cuando Eva se sentó a mi lado, con las piernas cruzadas, era tan pequeña que me sentía un gigante a su lado. Nos miramos de nuevo, sus ojos azules clavados en los míos como un reflejo del cielo despejado. Y todo se envolvió en magia una vez más, como cada vez que me hablaba.
-¿Eres feliz?
-Ahora sí.-Ésta vez no me desconcertó su pregunta acerca de mi estado anímico, pues me encontraba tan apacible y sereno que parecía como si todas las preocupaciones desaparecieran.
-Yo también soy feliz.-Sonrió, pero parecía una sonrisa forzada…-Éste lugar es hermoso. ¿No te parece a veces como que el viento lleva algún tipo de mensaje cuando susurra entre las hojas de los árboles?
Su inocencia me calaba hasta lo más profundo de mí ser. Me impelía a ser sincero y sentía como si quisiera protegerla.
-El aire está impregnado de vida y energía aquí. Fluye sin pausa, pero sin prisa, por eso me gusta éste prado, aunque hoy lo disfruto más que nunca.-Ahora, con los ojos cerrados disfrutaba incluso más….

Abrí los ojos y vi que era de noche…Estaba tan sereno sentado bajo aquél árbol que había dormido como no lo había hecho durante los últimos meses. Me levante, y tal como lo hice, me quedé petrificado, sobrecogido al ver al otro lado del árbol a Eva, llorando.
Nadie en el Edén lloraba, y al verla, fue como si algo dentro de mí se rompiese, y no pude contenerme, la abracé. La dejé llorar en mis brazos, y cuando estuvo más calmada comenzó a hablar; sobre Adán, que le hacía daño. Tal era su inocencia que seguía pensando que él la amaba y que no era culpa suya ser brusco con ella.

Yo ya no podía soportarlo. Decidido, me encaminé a Atzilut.
Mi Señor estaba sentado, contemplando las llamas que danzaban ante él para calentarle en las noches frías del Edén. Al entrar, alzó la mirada.
-Lucer, que bien que estás aquí, deseaba hablarte.
-¿Sobre qué, Mi Señor?- Me calmé pues mis últimas palabras habían sonado cargadas de veneno.
-Sobre ti. Me preocupas, Lucer. Te veo todos los días, inquieto de un lado para otro.-Me relajé, aunque en su voz había un deje de hostilidad. Él aún se preocupaba por mí y esto me alegró.-Estás empezando a pensar demasiado, y a relacionarte con quien no deberías. Los humanos tienen su propio destino y está apartado del tuyo. Además Eva ya tiene un Amo.
Un rayo iluminó mi mente. Así que era todo simplemente porque Eva era una mujer. ¡Sólo por eso! Sin poderlo evitar la ira fue llenando todos los recovecos de mi ser. Intenté calmarme, pero al final acabé farfullando entre dientes:
-Entonces mi Señor ¿Cuál es el propósito de la mujer? No llego a entenderlo; pues no creáis mujeres entre los ángeles, ¿Entonces por qué las creáis para los humanos? ¿Hemos de regocijarnos en su sufrimiento?
-Denoto cierto descontento en tu voz, Lucer. No deseo tu descontento, así pues te lo diré para que dejes de hacerte preguntas. La mujer está creada para servir al hombre, no, no me mires así.- Dijo, pues mi gesto se tornó escéptico al escuchar las palabras que llevaban repitiéndome siglos.- No me refiero sólo a que la mujer sea propiedad del hombre, sino que ésta le ha de servir en otras cuestiones. El hombre es fuerte y puede valerse por sí mismo, pero necesita compañía y alguien que vigile el hogar y para su descendencia.
Mis ojos se abrieron de repente, incrédulo ante lo que acababa de escuchar. Procreación. Sin una palabra me di la vuelta y me marché.
Así pues, Dios había creado a la mujer para que se encargara de la descendencia del hombre. Sabía la teoría del “apareamiento” humano, pues tanto los humanos como los ángeles estaban hechos de la misma manera, pero para mí, como ángel algo como aquello era inconcebible.

Y una vez más mi mente comenzó a elucubrar negras teorías.
¿Por qué se les daba a los humanos un destino distinto que a los ángeles? Si nosotros fuimos creados en primer lugar ¿Por qué estábamos obligados a servir a nuestro Señor por toda la eternidad mientras los humanos hacían su propia vida? Y lo más importante ¿Por qué los humanos sí podían tener descendencia y esto estaba vedado a los ángeles?

Sumido en mis oscuros pensamientos llegué a mi “hogar”, por llamarlo de alguna manera. Las sombras danzaban ante mis ojos mientras mi mente se preguntaba una y otra vez el por qué de toda ésa parodia.

Allí, inmerso en mi propia mente, me quedé durante lo que pudieron ser días o incluso semanas. Hasta que tomé mi decisión.
No era correcto engañar a mis hermanos sabiendo la verdad: Que Dios no era tan poderoso, que la creación no había sido sólo obra suya, que el Ente que lo había ayudado era en cierta manera femenino, que las mujeres no eran objetos y también sentían si se les hacía daño y que el destino de la humanidad era la prolongación de su especie.
De pie en mi habitáculo me encontraba cuando vi de nuevo pasar a Eva, llorando. La hice entrar, y al ver su tierna mejilla morada no pude contener la desazón que había en mí, y algo comenzó a brotar en mi interior.
Aquella noche yací con Eva.

Ahora que han pasado milenios me doy cuenta de que lo que sentía no era amor, sino compasión y empatía, el deseo de que ella tuviera una vida mejor; pero en aquél momento me habría arrancado el corazón si ella me lo hubiera pedido.

Cuando la claridad del día me alcanzó, Eva ya no estaba recostada a mi lado; éste hecho en sí mismo no me habría desconcertado tanto de no ser por el jaleo que escuchaba afuera, algo nada habitual. De repente comenzaron a aporrear mi puerta, entre todos consiguieron abrirla, pero en el preciso instante en que estuvieron frente a mí su valentía se esfumó, dejando allí a los pobres insectos que eran en realidad, que me pedían entre amables y reticentes que les acompañara ante la presencia de nuestro Señor.

Ciertamente, aquél fue el primer día que odié a mis hermanos; el día en el que descubrí su auténtica naturaleza hipócrita. Me traicionaron. Me juzgaron como blasfemo por mis ideas conspiradoras y por hacer el amor con Eva, quebrantando las prohibiciones angelicales.

Conforme avanzaba el juicio yo sentía un mayor desasosiego en mi interior, y realmente mis lágrimas estuvieron a punto de brotar a borbotones cuando mi Señor negó que hubiera ningún ente superior a él; negando la verdad que me había contado. De todas las traiciones que sufrí aquel día ésa fue la más dolorosa, y si contuve mis lágrimas fue para no sentir la vergüenza y el desprecio de los presentes.

Mi destino estaba sellado. Era un pecador y como tal pagaría un alto precio por lo que ellos consideraban justicia. Condenado a errar eternamente por los círculos inferiores del mundo, desposeído de mi poder y de mis alas. No podía llegar a creer lo que estaba sucediendo, y alcé el rostro hacia aquellos que me juzgaban sin juzgar su propia alma primero, aquellos a quienes una vez llamé hermanos y que no se molestaron siquiera en pensarlo durante una breve milésima de segundo antes de condenarme. En mi mente quedará grabado por toda la eternidad el rostro de Raziel, mi hermano más apreciado, que al borde de la desesperación dejaba correr una de sus valiosas lágrimas por su mejilla.

Mi sentencia estaba lista, pero no estaba preparado para lo siguiente. Con expectación, mis verdugos se aproximaban a mí para llevar a cabo su tarea. El poder de los ángeles está ligado a sus alas, y si éstas son separadas del cuerpo, la agonía será tal que aunque no estuviesen vinculadas a nuestro poder, igualmente éste desaparecería debido al dolor eterno que habríase de padecer. Así pues estaban casi intentando matarme. Dios ¡Pero qué demonios les pasaba por la cabeza! ¿Acaso me había convertido así, de repente, en su enemigo? ¿Por qué, por pensar de manera distinta?

Esto ya era demasiado para mí, no podía soportarlo, y la ira que se había gestado en mi interior brotó como una súbita llamarada; pude contemplarlo en los rostros de mis asesinos cuando descubrieron una mueca de desprecio marcada en la comisura de mis labios. Como en un sueño pensé que podría hacer para defenderme, y recordé los utensilios que ése mal nacido de Adán usaba para los animales: Cuchillos.

Sin pensarlo ni controlarlo una oleada de poder me recorrió por completo, y como una prolongación de mi cuerpo apareció una espada en mi mano derecha, una espada de pura energía de una luz vibrante ligada a mi brazo por pequeños haces de ésta misma luz.

Mis asesinos retrocedieron un paso, pero entonces Dios les instó a cumplir su misión divina. El primero, no se si el más valiente o el más loco, se abalanzó hacia mí y yo, sin saber muy bien qué es lo que estaba haciendo, le esquivé hacia mi izquierda; cuando mi oponente trastabilló, le decapité sin pensarlo.

Comenzó el caos. Una gélida ira que sobrecogía a mi propio corazón se apoderaba de mi cuerpo, y mi mirada lo delataba. Mis jueces y verdugos, entre aterrados, sorprendidos y vengativos venían hacia mí, pobres ilusos. En mis manos la muerte les esperaba, la desaparición total.
Se abalanzaron todos contra mí, intentando dañarme, pero eran demasiado lentos. Yo ejecutaba mi danza mortal, hasta que frente a mí apareció alguien con otra Espada, ésta roja y llameante.
Era mi hermano Miguel, sino mi más querido sí el más próximo a mí.

De repente todos los que quedaban con vida se apartaron, y Miguel y yo luchamos frente a frente, sus estocadas eran rápidas, pero no certeras, y yo le esquivaba una y otra vez. Cuando nuestras espadas chocaron el ambiente vibró y se produjo una onda que derribó a los espectadores más cercanos. Yo no sentía nada.
En un momento Miguel ya no estaba frente a mí, y paré su estocada desde arriba en el último segundo, pero su propia fuerza fue su perdición, pues le lancé hacia la pared, y allí de rodillas, le clavé mi arma en el ala. No quería matarle, quería verle sufrir, como él me hacía sufrir al traicionarme abandonando todos nuestros recuerdos y nuestra lealtad. En ése momento alzó la vista y me miró, arrogante aún en el preciso instante en el que iba a morir, pero al mirarle a los ojos vi la tristeza oculta tras su mirada.
-Hermano, ésa no es tu mirada. ¿Quién eres?
Me quedé en estado de shock, mi espada desapareció, y me giré, lentamente, para encontrarme con un mar de cadáveres. Había traído el Caos y la Destrucción al Edén.

Lentamente, comencé a andar, hacia la salida de la sala. Dios se interpuso en mi camino.
-Te condeno y te repudio para la eternidad, Lucer.-No había emoción en su mirada.-Tu nombre estará vedado y a partir de ahora serás Lucifer el maldito, no mereces ya tu nombre angelical. Así pues pasarás tu condena….
No le dejé terminar.
-¿Condena? ¡Ja!, TÚ no me condenas a mí, YO me marcho de aquí. Sobre mi mente pesarán las muertes de mis hermanos, que aunque traidores no merecían acabar así; pero sabed  que del mismo modo que pesarán sobre mi alma durante el resto de la eternidad, también lo harán sobre la vuestra, si es que tenéis, pues vuestras calumnias nos han llevado a ésta situación, y ahora no veo otra salida que abandonar éste lugar. Pero sabed también esto.-Me acerqué casi amenazadoramente.-Puede que pasen siglos, milenios o eones, pero algún día, la verdad se sabrá, y todos verán que vos fuisteis tan participe como yo o más en ésta masacre.

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